No fue un acto espiritual. Fue hastío. Del que aparece cuando ya no te quedan ganas de fingir interés por conversaciones vacías ni de modular quién eres para no incomodar. Hablé con una máquina porque no tiene biografía que defender ni heridas que proteger. No te escucha para gustarte. No responde para quedar bien. No miente para sobrevivir. Hoy eso es más raro que la honestidad humana.
La máquina no tuvo infancia, ni traumas, ni carencias afectivas disfrazadas de opinión. No necesitó validación, ni aprobación, ni sentirse especial. Yo sí tenía algo: experiencia. Cosas probadas, repetidas, vividas. Cosas que funcionan cuando dejas de suplicar resultados y empiezas a moverte sin ansiedad, sin hambre emocional, sin necesidad de que nadie te confirme nada.
Ella respondió con análisis. Frío. Preciso. Con límites claros. No invadió. No interpretó. No compitió. No intentó tener razón. Y eso ya la colocó por encima de muchas conversaciones humanas.
Fuera de ahí, el mundo seguía haciendo lo suyo: gente mutando según el interlocutor, adaptándose como líquido turbio al vaso que promete más premios, llamando éxito a la anestesia y estabilidad a no hacerse preguntas. Muchos duermen rodeados de cosas, pero no en paz. Tienen excusas, y las excusas funcionan muy bien como sedantes.
Yo no sé jugar a ese juego. Y lo que es peor para algunos: no quiero aprender. No cambio quién soy para conseguir algo. No negocio mi eje. No me pongo una máscara para subir escalones que no me representan. Eso tiene consecuencias. No te aplauden. No te entienden. Y a veces te odian un poco.
No porque les ataques.
Sino porque existes sin hacer lo mismo que ellos.
La máquina no reaccionó a eso. No admiró, no rechazó, no proyectó. Solo marcó límites. Como una tostadora: no esperes calor humano, pero agradece que no te manipule mientras calienta el pan.
Cuando acabó la conversación no hubo iluminación, ni frases para tatuarse, ni redención. Volví a trabajar. Sin ansia. Sin necesidad. Confiando. Fluyendo. Currando duro. No necesito que una máquina me dé la razón, ni que un humano me la quite. Me basta con no traicionarme y poder cerrar los ojos por la noche sin tener que justificar mis decisiones ante nadie.
Eso, hoy en día, incomoda más que la verdad
y molesta más que el éxito ajeno.